lunes

Los vientos del precipicio

Me encontraba al borde del precipicio, y miraba hacia abajo sintiéndome como un mal cliché salido de un desamor. Bueno, no era precisamente un precipicio, estaba parado en la azotea de un edificio sobre Insurgentes, y el frío que provocaban los vientos a esa altura me hacían sentir que todo era un error. Y lo de encontrarme ahí por culpa de un desamor, pues eso sí era cierto pero no dejaba de ser un cliché.

Observaba las luces de los automóviles, que dejaban estelas blancas y rojas sobre la avenida. El ruido de la ciudad se escuchaba como un murmuro permanente, como el soundtrack de fondo para este momento en particular.

Uno piensa las cosas más absurdas en los momentos antes de dejarse ir. Me acordé del perro que tuve cuando niño, del sabor de las paletas de fresa, y de como su sonrisa siempre me ponía de buen humor. Pensé también en el futuro de la humanidad, de los caminos que había tomado en mi vida, y del maldito frío que tenía.

Llevaba ahí más de una eternidad contemplando el vacío a mis pies cuando finalmente decidí dar el paso. Hay quienes piensan que hacer algo así es un acto de cobardía, pero los reto a que lo intenten. No es algo sencillo, pero finalmente tuve el valor de hacerlo.

El sentimiento de vacío fue lo peor que he sentido en mi vida, y desde ese primer instante ya me había arrepentido de mi acto. Pensaba que había cambiado de parecer medio segundo más tarde de lo que podía hacerlo, cuando un dolor punzante en mi tobillo derecho me regresó a la realidad.

No sé si fue por gracia divina, por suerte o por tonto, pero solamente caí dos metros antes de aterrizar en el balcón del piso 19. Como no estaba esperando tocar tierra tan pronto, el peso de todo mi cuerpo se apoyó de golpe sobre mi tobillo derecho, haciendo que se doblara en un ángulo extraño y haciendome sentir más vivo que nunca.

Finalmente salí cojeando a la calle y volteé a ver hacia arriba al edificio desde otra perspectiva, de la misma manera que vi mi propia vida desde otro punto de vista. Cuando llamé a un taxi para alejarme de ahí, los vientos fríos habían dejado de soplar

©2006 Santiago Casares

3 comentarios:

Bohemia dijo...

Al leerte he sentido el vacio bajo mis pies. Cuando se toman esas decisiones no siempre encuentra uno un balcón milagroso bajo nuestros pies, pero estoy segura que en algún momento de la caída se anhela. Un saludo

Santiago dijo...

Gracias por el comentrio Bohemia.

Tienes razón, no siempre hay un balcón milagroso bajo nuestros pies... aunque también hay ocasiones en las cuales suceden cosas (no tan drásticas como en la historia) que nos cambian, que nos hacen ver la vida desde otro punto de vista, dónde el balcón milagroso puede ser algo tan sencillo como una reflexión.

Anónimo dijo...

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