domingo

Nueve tazas de café (IV)

Todos los días llega a la cafetería vestido con el mejor de sus trajes, con un ramo de margaritas en una mano y el periódico del día en la otra.

Se sienta en la mesa de siempre, con vista a la calle y pide un capuccino. Le sirve una cucharada de azúcar, lo revuelve, viendo como se mezclan los colores del café y de la leche. Lo toma lentamente mientras revisa las noticias del día.

Andrés levanta la vista esperanzado cada vez que alguien entra al establecimiento, pero regresa a su lectura cuando se da cuenta que no es ella.

Por más de veinte años ha ido al mismo lugar esperando volverla a ver, y por más de veinte años regresa a su casa con el ramo de margaritas intacto.

Con el paso del tiempo su pelo ha dejado su color y las arrugas en su cara marcan los caminos que ha recorrido, pero aun así no ha perdido la esperanza de volverla a ver.

La vio una mañana de primavera, como un espejismo. Traía un vestido amarillo que se movía con el viento a la par de su pelo castaño.

No se atrevió a dirigirle la palabra, y tan solo ella salió del lugar, Andrés ya se había arrepentido. Se prometió hablarle la siguiente vez que la viera, invitarla a salir. Por lo menos, invitarle un café.

Pero ella no regresó al día siguiente, ni el que le siguió.

“Mañana vendrá seguro”, se dijo a sí mismo. Y esas mismas palabras las sigue murmurando cada vez que sale de la cafetería.

Para Andrés, la esperanza tiene sabor a capuccino.

© 2007 Santiago Casares

sábado

Nueve tazas de café (III)

Fran la ve entrar de la mano de otro hombre, y el trago de café se atraganta en su garganta. Sabía que este momento podría suceder, que podrían encontrarse en algún lugar, pero jamás pensó que le dolería de esa manera.

Habían salido por poco más de dos años, y hacía seis meses que Flor había decidido terminar su relación.

Seis meses, y aún Fran siente cómo su pecho se hunde con su presencia.

Flor sonríe, se ve feliz. De cierta manera, a Fran le da gusto verla tan contenta, pero al mirar al hombre que estaba a su lado, siente celos. Él está haciendo lo que él a final de cuentas jamás pudo lograr.

Fran baja la mirada hacia el café que tiene enfrente. Recuerda todos esos buenos momentos de su relación con Flor, un recuerdo tras otro, y sonríe. En cierto momento pensó que ella era la mujer de su vida, pero la evidencia demostró que no era así.

Levanta la vista. Flor y su acompañante tienen su café en las manos y están saliendo del establecimiento.

Fran suspira un suspiro de nostalgia y le da otro trago a su café amargo.

© 2007 Santiago Casares

viernes

Nueve tazas de café (II)

El café es solamente parte del pretexto para poderla ver todos los días.

Verla a ella es lo que hace de la experiencia de tomar café una cuestión extraordinaria, casi mágica. Ella ya no necesita decirle cómo le gusta su café, sabe que le gusta cargado, sin azúcar ni leche: negro como la noche.

Dulce lo saluda por su nombre con una sonrisa y le sirve su café. Algunas veces, en las cuales no está el supervisor, incluso le pone al lado de la taza una pequeña galleta.

Sebastián sabe que es un amor platónico, que su relación siempre estará limitada a esos minutos en la mañana mientras le sirve su café y platican brevemente hasta que llega el siguiente cliente. Pero eso no le importa.

Desde que la conoció, la relaciona con el olor a café, y no puede evitar pensar en ella cada vez que lo huele.

Suena el despertador, y Sebastián abre los ojos.

Se levanta de la cama, con el cansancio del desvelo a cuestas. Camina hasta la cocina y enciende su cafetera. El aroma de café comienza a llenar el aire de su departamento, a llenarse de su esencia, y Sebastián sonríe pensando en ella.

© 2007 Santiago Casares

jueves

Nueve tazas de café (I)

Susana llega a la cafetería. Sabe que está llegando un poco tarde, pero siempre ha preferido ser a quien esperan que ser la que está esperando, angustiándose y viendo el reloj cada minuto.

Se queda parada unos momentos en la entrada, hasta que ve a Pedro. Entonces sonríe, y camina de manera que él la ve mucho tiempo antes de que ella llegue a la mesa.

Mientras camina hacia él, reconoce el lugar: es la cafetería donde se conocieron. La ironía hace que su sonrisa se acentúe.

“¡Hola!”, le dice Pedro mientras se levanta de su silla. A ella siempre le han gustado este tipo de atenciones, y es una de las cosas que más va a extrañar de él.

Susana se acerca a darle un beso, pero en el último instante inclina ligeramente la cabeza, de manera que el beso de saludo cae en el cachete y no en la boca.

A pesar del saludo, la sonrisa de Susana es suficiente para calmar a Pedro. Obviamente no tiene idea lo que ella ha estado pensando de su relación, ni que él llorará toda la noche en la soledad de su sala, con la televisión encendida como un tranquilizante que jamás funcionará.

Sin quitarse los lentes oscuros y sin dejar de sonreír, ella le dice: “Cariño, tenemos que hablar…”

© 2007 Santiago Casares

La tormenta

La tormenta pasaría, tenía que hacerlo.

Las calles de la ciudad se encontraban encharcadas, reflejando en sus superficies reflejos alterados de las luces de neón.

Estaba recargado en una pared de lardillo rojo, levantando con las manos el cuello de mi gabardina para no mojarme demasiado cuando el taxi pasó frente a mi. En el asiento trasero estaba ella, de eso estoy seguro. Era ella. Miraba la calle a través del cristal, con la mirada perdida en sus recuerdos.

Las gotas se escurrían en en el vidrio del taxi como lágrimas olvidadas, distorcionando su rostro. Por un instante pasó por mi mente la idea de estar juntos de nuevo, que la vida regresaría a ese orden casi perfecto, que todo estaría bien. Pero esos anhelos se esfumaron con la luz verde del semáforo.

Traté de llegar hasta ella, pero fue demasiado tarde. El taxi se perdió en medio del río de automóviles, y yo me quedé ahí parado bajo la lluvia, ahogado en la nostalgia.

Esa era una tormeta que jamás pasaría.

© 2007 Santiago Casares

sábado

Tarde de lluvia

Las nubes tenían un tinte azul profundo, y con las primeras gotas de lluvia me di cuenta que esta no sería una tormenta cualquiera: el agua que caía del cielo era salada.

El ambiente comenzó a cambiar, y si cerraba los ojos daba la impresión que estaba en la playa, pero al volverlos a abrir las luces de la ciudad me recordaban que estaba presenciando algo inusual.

De repente vi un pez bajando entre las gotas. Lo seguí con mi vista, hasta que un segundo pez apareció más en lo alto y mi mirada se elevó. En los cielos nadaban toda clase de animales marinos, desde cardúmenes, delfines y calamares, hasta una enorme ballena azul.

Poco a poco, las calles de la ciudad se fueron transformando en un oceano.

Vi como mi vecina, que había salido a la tienda de la esquina, regresaba navegando encima de su paraguas. Unos adolecentes agarraron unas tablas y se pusieron a surfear entre olas de lluvia.

Incluso, a la lejanía, me pareció ver un barco con una bandera con una calevera ondeando a lo alto de su mástil.

Pero así como llegó esa lluvia tan peculiar, los cielos se fueron aclarando y la lluvia con dejo de mar dejó de caer.

El único rastro que mostraba que había llovido eran un par de peces que todavía nadaban en un charco con olor a mar.

©2007 Santiago Casares

lunes

Los vientos del precipicio

Me encontraba al borde del precipicio, y miraba hacia abajo sintiéndome como un mal cliché salido de un desamor. Bueno, no era precisamente un precipicio, estaba parado en la azotea de un edificio sobre Insurgentes, y el frío que provocaban los vientos a esa altura me hacían sentir que todo era un error. Y lo de encontrarme ahí por culpa de un desamor, pues eso sí era cierto pero no dejaba de ser un cliché.

Observaba las luces de los automóviles, que dejaban estelas blancas y rojas sobre la avenida. El ruido de la ciudad se escuchaba como un murmuro permanente, como el soundtrack de fondo para este momento en particular.

Uno piensa las cosas más absurdas en los momentos antes de dejarse ir. Me acordé del perro que tuve cuando niño, del sabor de las paletas de fresa, y de como su sonrisa siempre me ponía de buen humor. Pensé también en el futuro de la humanidad, de los caminos que había tomado en mi vida, y del maldito frío que tenía.

Llevaba ahí más de una eternidad contemplando el vacío a mis pies cuando finalmente decidí dar el paso. Hay quienes piensan que hacer algo así es un acto de cobardía, pero los reto a que lo intenten. No es algo sencillo, pero finalmente tuve el valor de hacerlo.

El sentimiento de vacío fue lo peor que he sentido en mi vida, y desde ese primer instante ya me había arrepentido de mi acto. Pensaba que había cambiado de parecer medio segundo más tarde de lo que podía hacerlo, cuando un dolor punzante en mi tobillo derecho me regresó a la realidad.

No sé si fue por gracia divina, por suerte o por tonto, pero solamente caí dos metros antes de aterrizar en el balcón del piso 19. Como no estaba esperando tocar tierra tan pronto, el peso de todo mi cuerpo se apoyó de golpe sobre mi tobillo derecho, haciendo que se doblara en un ángulo extraño y haciendome sentir más vivo que nunca.

Finalmente salí cojeando a la calle y volteé a ver hacia arriba al edificio desde otra perspectiva, de la misma manera que vi mi propia vida desde otro punto de vista. Cuando llamé a un taxi para alejarme de ahí, los vientos fríos habían dejado de soplar

©2006 Santiago Casares